Asociación Gallega de Padres y Madres Separados

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Malos tratos anónimos (el calvario de un Padre)

Hace unos años, no lo olvidaré, discutíamos mi mujer y yo.
Hacía meses que se había vuelto agresiva, exigente, malhumorada...

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Contacté con un abogado, quien elaboró un acuerdo escrito naturalmente conservador, como punto de partida para la negociación: ella se rió... y se negó en redondo a toda negociación.

Seis meses más tarde mi abogado me llamó: acababa de recibir una llamada de su abogada en la que ella insistía en la separación. Decidí tomar la iniciativa y ser yo quien pusiera la demanda. Cuando la recibió, se desató una auténtica locura vesánica: aquella mujer ya era mi peor enemigo jurado, que perdería su ojo si pudiera cegarme a mí... incluso estaría dispuesta a perder los dos.
Enloqueció literalmente, armando espectáculos delante de los niños que lloraban desesperadamente, e iniciando la espiral de malmeterles, para alienarles respecto de mí.
Un fallo desafortunado del juez, un burdo error aritmético facilitado por la impericia de una secretaria de juzgado negligente, se produjo al tiempo: un auto de medidas provisionales que literalmente me convertía en esclavo de mi peor enemigo: la que un día fue mi mujer.

Sintiéndose poderosa, con casi tres cuartas partes de mi salario mensual, el piso, los niños y todos los muebles, teniéndome contra las cuerdas, empobrecido, viviendo de préstamos para pagar un apartamento alquilado, con un coche averiado sin remedio que hube finalmente de vender, con una empresa alerta por mi evidente preocupación, no dudó en pedir el embargo de mi sueldo al primer pago fallido.
Ahí ya dejé de cobrar... y ahí extremó ella su odio y su resentimiento, malmetiendo como nunca ante mis hijos (yo era un asesino, yo era un sinvergüenza y un ladrón, yo era un loco y un mal padre...)