Asociación Gallega de Padres y Madres Separados

Ayuda práctica, jurídica y psicológica padres, madres, separados, divorciados e hijos

Malos tratos anónimos (el calvario de un Padre)

Hace unos años, no lo olvidaré, discutíamos mi mujer y yo.
Hacía meses que se había vuelto agresiva, exigente, malhumorada...

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Ella gastaba dinero inmisericordemente: no conseguía ahorrar ni una peseta, pagando facturas de teléfono de más de setenta mil pesetas (cinco veces el importe que solía ser normal), o detectando cantidades que salían de las cuentas sin que jamás me dijera su destino: acabé haciéndome cargo de la compra yo, y dejé sin saldo la cuenta conjunta: aquello era un gran riesgo cara al proceso judicial que ya era inevitable, pero no tenía más remedio.

Durante meses me sentí humillado, desangrado, saqueado, abusado y maltratado: y cada vez la tensión se fue haciendo peor, y mi rendimiento en el trabajo descendía ostensible y peligrosamente. Ya era incapaz de pensar con claridad, hubiera dado cualquier cosa por tener algo de lo que poder sentirme culpable y así explicarme a mí mismo y solucionar las causas de aquella aberrante convivencia.
Me esforzaba por colaborar en casa, por ayudar al volver de mi trabajo... pero de nada valía; por lo demás, me resultaba imposible comprender cómo podía dar tanto trabajo una casa tan pequeña, con sólo dos habitaciones, a una mujer que, en aquellas fechas, no estaba trabajando fuera del hogar.
Es cierto que tenía pequeños trabajos de tipo legal que realizaba cobrándolos "en negro", pero solían ser rutinarios, contratos, escrituras de constitución de pequeñas sociedades o asociaciones, declaraciones de renta... cosas que se hacían alterando unos pocos datos del formulario que se había utilizado anteriormente y que no daban mayor trabajo, pero que se cobraban como si se hubieran escrito de nuevo íntegramente, desde la primera línea.

Yo le había dicho que sólo pensaría en separarme si veía que eso era para mis hijos mejor que la convivencia diaria. Tal vez fue un error, y sólo conseguí con ello que ella forzara esta situación de convivencia imposible, para que me fuera antes.
Pero en un momento dado no puede más: ya no era nadie, Coria el riesgo de perder mi trabajo, en el que ya tenía problemas por mi bajo rendimiento. Mi salud no era buena: había engordado (¡en lugar de adelgazar!) y junto a la extraña bulimia que me acompañaba en los últimos meses, el estómago me dolía a diario, y las jaquecas intensas, con vómitos, me devastaban durante días enteros.