Asociación Gallega de Padres y Madres Separados

Ayuda práctica, jurídica y psicológica padres, madres, separados, divorciados e hijos

Malos tratos anónimos (el calvario de un Padre)

Hace unos años, no lo olvidaré, discutíamos mi mujer y yo.
Hacía meses que se había vuelto agresiva, exigente, malhumorada...

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No es que quisiera tomar la iniciativa: es que ostentosamente procuraba aplastar la mía e imponer la suya en exclusiva, y cada vez los medios eran más ariscos, arrogantes, mezquinos y desagradables.
Así que, ese día, yo discutía con una mujer que no se parecía en nada la que había vivido conmigo en los últimos cinco años. Aquella no era mentirosa, no era una "chula" de barrio bajo, no era agresiva hasta el punto de empujarte como un matón cualquiera, no era una farsante que te desacreditaba incluso en tu presencia.
Cuando mentía en público y yo demostraba que lo que decía no era cierto, ella respondía que esa había sido su percepción... claro, contra percepciones, no cabe oponer la razón. Las discusiones seguían siendo por temas bastante baladíes... ella no dejaba una nota cuando salía para decir dónde estaba localizable, o si iba a llegar tarde... gritaba a la niña con frecuencia, perdía la paciencia y se volvía déspota con facilidad; daba lecciones, dogmatizaba, y siempre estaba descontenta con su suerte, repitiendo a diario cuánto más ella merecía de la vida; me hablaba con menosprecio y suficiencia cuando me hablaba, porque a menudo no me contestaba o estaba sin hablarme varios días.
Siempre me recriminaba las mismas cosas: cosas sin importancia algunas, otras mero producto de su exagerada "sensibilidad"...

Aquella discusión también era baladí. Eso es lo único que recuerdo respecto a lo que discutíamos. Pero en ese instante, cercada por sus propias armas (desapego, indiferencia... ) que yo también estaba empezando a emplear, lanzó su bomba: "que sepas que tengo la intención de separarme".

Desde aquella frase, todo cambió radicalmente. Porque aquello era un arma letal: yo sabía que la custodia, los niños, serían suyos exclusivamente; que la casa, de cuya hipoteca aún faltaban cuatro o cinco años por pagar, también sería suya; que los enseres también y que, como mucho, yo conseguiría retener uno de los coches.
Después de ese día, se le llenaba la boca riéndose de mí, diciéndome que los niños eran suyos, y, más que nunca, me perdió inveteradamente el respeto. Hacía lo que quería sin que yo supiera dónde estaba ni cuando volvería, ella sola o con los niños ("me voy de vacaciones a... Si quieres ver a la niña, irás allí, y, si no, te quedas").
Eso no me importaba demasiado: lo que me dolía era que los niños estaban sometidos a su férula... le tenían miedo, no se atrevían a contradecirla... la obedecían con auténtico pavor, y cuando se ponía a gritar, le daban la razón fuera lo que fuera lo que decía.
Si me obedecían a mí, si me mostraban más afecto del que a ella le parecía deseable, les amenazaba directamente... "Luego no me pidas a mí el biberón que yo no te lo voy a hacer...".
 
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