Asociación Gallega de Padres y Madres Separados

Ayuda práctica, jurídica y psicológica padres, madres, separados, divorciados e hijos

Malos tratos anónimos (el calvario de un Padre)

Hace unos años, no lo olvidaré, discutíamos mi mujer y yo.
Hacía meses que se había vuelto agresiva, exigente, malhumorada...

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No se había marchado así como así: antes de hacerlo, había pedido la separación con medidas provisionalísimas (como si fuera yo un alcohólico, un drogadicto, o alguien peligroso).
Tardó un mes en volver, en el curso del cual yo comparecí ante un juez, que dijo que no veía en la demanda nada que justificara la adopción de medidas provisionalísimas, y recomendó a la abogada de mi mujer, insensata y voluble según me dijeron después y probó ser, que planteara la demanda "como Dios manda" o que intentáramos llegar a un acuerdo.

Yo mismo fui a buscarla, cuando se avino a volver al domicilio familiar. Fue el día en que cumplía el plazo en que su ausencia hubiera podido tipificarse legalmente como abandono familiar. Esperé meses a que me llegara el traslado de la demanda o las siguientes actuaciones, o lo que fuese. No llegaban, pero mi angustia era ya tan intensa que me paralizaba.
Perdí la iniciativa y la claridad de ideas. Un día me dijo que me daba otra oportunidad y que había retirado la demanda: pero ya no sabía cómo solucionar nada: el problema estaba fuera de mi alcance: era un círculo vicioso, del que me culpaban pero que yo no podía romper porque no dependía de mí.
Era un psicosis a cuya paciente yo no podía sanar.

Pasaron meses en los que me sentí profundamente angustiado y oprimido... No sabía a qué hora llegar a casa: si a las siete, despertaba al niño que se acababa de dormir; eso mismo sucedía a las ocho, o a las nueve... siempre una censura, malas miradas, llenas de odio y desprecio, sarcasmos brutales y, cada vez más, la provocación continua, hasta el punto que muchas veces me pregunté por qué razones ella quería tan ostensiblemente que le pegase. Si no lo hice no fue por mi fuerza de voluntad, sino porque comprendí que aquello era ya una guerra ciega y que pegarle me haría perder todas las batallas frente a mí mismo.
No podía perder, no podía caer tan bajo... no le pegaría. Cuando ya no podía soportarlo más, me marchaba a la calle, tal vez cenaba la cena que, sólo para mí, se negaba a preparar, o a llevar a lavar y planchar de favor la ropa que tampoco quería atender. Yo también me negaba a cocinar para mí o a lavar y planchar mi propia ropa: hacerlo, aunque supiera, hubiera sido ceder ante su imposición, y ya no quería hacerlo más.