Asociación Gallega de Padres y Madres Separados

Ayuda práctica, jurídica y psicológica padres, madres, separados, divorciados e hijos

El complejo de Medea

Cuando algo se rompe se suele hacer añicos también lo que lleva dentro. Por eso, las primeras víctimas inocentes de la separación de los padres son los hijos. Por muy bien que se lleven las cosas, los daños colaterales son inevitables; por mucho sentido común que se ponga, los afectos salen afectados, y por poco sufrimiento que se cause, se causa mucho. Llegada la situación, no hay que buscar culpables, sino afrontarla lo mejor posible, sobre todo, pensando en los hijos.

Cosa que no hacen algunas madres y algunos padres. Al contrario: utilizan a los hijos como armas arrojadizas contra sus ex parejas, los usan para hacerse daño mutuamente, sin medir que a quien más dañan es a los que se han convertido, de la noche a la mañana, en víctimas silenciosas.

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Si la vida afectiva de un niño queda ya mermada por la separación de sus padres, no digamos nada si esa separación se lleva mal. Algunas veces puede aparecer el llamado “síndrome de alienación parental”, que consiste en que uno de los padres pone a los hijos contra el otro de forma directa o sutil: “Mira lo que nos ha hecho: vuelve a retrasarse”, “Nos ha abandonado”, “Siempre está con lo mismo: parece que no te quiera”, etc., de manera que, buscando la venganza o el desquite hacia la pareja, los que sufren de verdad son los niños. Con sus palabras, sus silencios y sus actos, el progenitor alienador predispone a los hijos contra el otro progenitor, con lo que se produce una forma de maltrato que puede acabar con la vida afectiva del menor.
En cierto modo, los padres alienadores están “matando” a sus hijos, por lo menos en relación al otro progenitor, con el fin de vengarse de quien los ha abandonado. En el fondo, están haciendo lo mismo que hizo la mítica Medea, quien invadida por la ira no encontró otra forma de vengarse de su marido Jasón, quien la acaba de abandonar, que matar a sus propios hijos, Feres y Mérmero.
El filicidio que perpetró la hechicera Medea es el crimen más atroz. Su caso –como el de los padres maltratadores y alienadores de la actualidad– quiebra todos los esquemas, tanto naturales como sociales y culturales. Ha cometido una atrocidad, un crimen de lesa naturaleza, ha negado el amor más puro, más incondicional, más fuerte: el amor maternal. La única explicación parece encontrarse en la locura: pensamos que Medea ha perdido el juicio, que su amor por Jasón ha obnubilado su mente, que se ha vuelto loca y que “no sabía lo que hacía”.
Pero Medea no está loca. Lo que ocurre es que no ama a sus hijos. Su odio hacia Jasón es más fuerte que su amor a sus hijos. No sabe lo que es el amor maternal, porque realmente no es una madre. Medea engendra a sus hijos, pero no los ama; es engendradora, pero no madre. No llega a entender el profundo secreto de la maternidad, el misterio de la transmisión de la vida y de su función de mediadora. Ella cree que sus hijos son suyos, por eso, se cree con derecho sobre ellos, sobre su vida. El caso de Medea nos demuestra una profunda verdad: que no se ama a los hijos porque se es madre (o padre), sino que, más bien, se es madre (o padre) porque se ama a los hijos.
Nos resulta muy difícil, por no decir imposible, entender cómo pudo Medea llegar a matar a sus hijos para vengarse de su marido. Nos resulta también muy difícil entender los hechos de que hemos tendido noticia estos días: una madre mató a sus dos hijos en Barcelona (ver noticia) y un padre hizo lo mismo en Ciudad Real (ver noticia), sucesos que rememoran el terrible asesinato de la mitología. Salvando las distancias, algo similar (una muerte afectiva) están infligiendo muchos padres a sus hijos, padres sumidos en el complejo de Medea.

 

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