Asociación Gallega de Padres y Madres Separados

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Violencia sexista: un fracaso empedernido

LA VOZ DE GALICIA 15/01/2011

Xosé Luís Barreiro Rivas
br> No sigamos engañándonos: la Ley Integral contra la Violencia de Género está siendo un fracaso absoluto, y no solo porque no haya conseguido mitigar la dramática estadística de mujeres asesinadas -también se debieran contar los niños masacrados y los hombres que se pudren en las cárceles o se autoinmolan en espantosos suicidios-, sino porque está viciando de manera peligrosa el análisis del problema, los mecanismos judiciales utilizados para atajarlo, y la descripción del ámbito social y de los protagonistas individuales de tan macabros sucesos.

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Por eso creo que hay que rectificar esta «genialidad» cuanto antes, y no seguir alentando la huida hacia delante.

La ley falla porque, al tratar el hecho violento como un crimen sin explicación -explicar no es lo mismo que justificar-, carece de medidas preventivas que eviten la creación de situaciones extremas. También falla porque está basada en un maniqueísmo subyacente que define un polo bueno y un polo malo en cada pareja, y nunca permite abordar el problema en perspectiva integral. Y falla, desde luego, porque, empeñada en mantener el concepto de machismo, como clave de bóveda de tan complejo asunto, siempre acaba tratando al hombre como a un loco, a la mujer como un componente inerte de la pareja, y a los poderes públicos como el héroe de la película que tiene que evitar la catástrofe en el último minuto.

Pero la lucha contra la violencia sexista también falla porque, al idealizar la función de la denuncia preventiva, tiñe ideológicamente la etiología de los crímenes, fía los resultados a atajos policiales y judiciales que pueden disimular los problemas pero no solucionarlos, y, después de describir a los asesinos como meteoritos enloquecidos que se arrojan sobre sus parejas, los juzga o prejuzga como si todos fuesen maduros y equilibrados que solo matan por placer. Y la ley falla, sobre todo, porque creó un lenguaje correcto del que nadie se atreve a discrepar, como si el hecho de distanciarse de las simplezas que fundamentan el modelo nos hiciese cómplices de los crímenes.

Claro que esta ley tiene una enorme ventaja, ya que, al reducir todo el problema al macho dominante que mata por matar, exculpa, sin más raciocinio, a todo lo demás. Y, en vez de interpelarnos sobre el modelo familiar y social que estamos creando, sobre la cultura del sexo, los espectáculos, y sobre el ambiente general en el que se crean, desarrollan y destruyen las parejas, reduce las obligaciones del Estado y del cuerpo social a una cacería contrarreloj de machos peligrosos.

Pero yo sigo pensando, en contra de la corriente, que esto va muy mal, y que no hay cosa más estéril que aplicar soluciones muy simples a problemas muy complejos.