Asociación Gallega de Padres y Madres Separados

Ayuda práctica, jurídica y psicológica padres, madres, separados, divorciados e hijos

¿Violencia de género o violencia de Estado?

Hacía largo tiempo que no veía a Germán. Me lo encontré, acompañando del brazo a su esposa, mientras transitaba por mi pueblo a la hora del aperitivo; y la alegría de celebrar el tropiezo nos condujo hasta la tasca más cercana, pues mal reencuentro resulta en nuestras Españas aquél que no se remoja adecuadamente con unas espumosas cañas.

Nos conocemos desde la infancia y, en nuestra juventud, resultaban notorias las tertulias estivales nocturnas que manteníamos junto con otros amigos en los bancos de la plaza; con disquisiciones de cómo arreglar un mundo, ese que no parece tener solución. Un mundo, en el que los problemas humanos de antaño, que entonces conmovían nuestra sensibilidad, dan la sensación de verse incluso empequeñecidos por lo nuevos del presente, sin saber a ciencia cierta si humanamente progresamos a insignificante paso de tortuga o, aún peor, realmente nos desplazamos hacia atrás como el cangrejo.

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-Creo que las penurias de tu caso te lleva a la exageración -le espetó Germán con convicción categórica-; algo hay que hacer, te repito, para detener tanto atropello contra la mujer. Y, por otra parte, estoy seguro que tu caso se resolverá favorablemente a tus pretensiones, cuando se celebre el juicio. Entonces, podrás pedir incluso daños y perjuicios a tu esposa, por la infamia vertida en tu contra.

-Está visto que no cambiarás nunca -le contestó Pepe Luis-; siempre has creído en el buen corazón de las personas y aún más en los progresos institucionales de nuestra civilización, sobre todo en materia de Derechos Humanos. Desgraciadamente, en el ejercicio de la abogacía me ha tocado ver de todo, como se suele decir, y no siempre bonito, a pesar de los bellos enunciados programáticos de los tratados internacionales.

Ello me ha conducido a dudar seriamente de que vayamos a dejar a nuestros hijos un mundo mejor del que nos dejaron nuestros padres. En lo relativo a mi caso, por ejemplo, te explicaré que su resultado no será tan idílico como lo imaginas. Primero, porque la pena ya me la han impuesto, y sin ser culpable de nada -recalcó-; ya que para cuando se celebre mi juicio yo llevaré más de un año alejado de mi hogar y de mis hijos; y, éstos, lo habrán pasado conviviendo con un extraño en el puesto de su padre: el amante de mi mujer; quién, para ser capaz de aprovecharse de tales manejos, ya puedes imaginar la calaña ética de baja estofa que alberga en su personalidad;

¿Cómo se puede casar semejante hecho con el pretendido bien del menor, que supuestamente persigue la ley?. ¿De verdad tu crees que resulta beneficioso para mis hijos, así como un buen ejemplo para ellos, convivir en mi casa con una madre adúltera y su depravado mancebo?.

El día de mañana, mis hijas habrán aprendido que el adulterio es un buen negocio, antes que una rotura impune del contrato de matrimonio, un engaño o una irresponsabilidad hacía los hijos; ¿no crees?. Y mi hijo, habrá aprendido que el matrimonio tan solo puede aportarle desgracia e injusticia.

¿En esto se cifra el pretendido bien del menor?.

Y luego nos extrañamos de que nuestros hijos tengan cada vez más acusados problemas psico-emocionales…

- Y -continuó diciendo Pepe- además no es tan sencillo conseguir la absolución por la denuncia de malos tratos; ya que hay más de una sentencia del Tribunal Supremo apuntando que “por ser los maltratos unos hechos que acontecen en la intimidad del hogar, en ausencia de testigos, se impone la necesidad de considerar como prueba la simple denuncia de la víctima”.

Es decir; en estos casos se ha invertido el sentido de la prueba: en lugar del derecho a que prueben tu culpabilidad, has de luchar por demostrar tu inocencia, lo cuál constituye una verdadera aberración jurídica. Aunque también he de decir que alrededor del noventa por ciento de las acusaciones por malos tratos, según mis cálculos, resultan sobreseídas por falta de pruebas; lo que indica que todavía hay muchos jueces que saben lo que significa impartir justicia, a pesar de la presión social reinante en su contra.

- Pero, continuando con el hilo de la cuestión -prosiguió-, aún en el caso de conseguir mi absolución, resultaría capcioso demandar a mi esposa por difamación, ya que numerosa jurisprudencia al respecto afirma que “el que no se hayan podido demostrar los malos tratos, no significa que la denunciante haya mentido o que tales malos tratos no se hayan dado realmente”; con tal duda “razonable”, por inusitada que pueda parecer, habitualmente basta para denegar la condena de la calumniadora.

Lo cual, se traduce también en la práctica improbabilidad de que pueda recuperar la custodia de mis hijos y la paz de mi hogar; ya que para entonces el divorcio será un hecho consumado, con la posesión de la custodia en favor de la madre, y con mis hijos en sus manos durante el largo tiempo de algo más de un año; suficiente como para poderles “comer el coco” en mi contra (a lo que técnicamente se le denomina Síndrome de Alienación Parental), con la colaboración de su amoroso mancebo; cosa que tampoco les resultará difícil, cuando mis hijos ven cómo la “justicia” de los adultos les ampara y contemplan a diario un linchamiento mediático en contra del supuesto “maltratador”, que causa pavor.