Asociación Gallega de Padres y Madres Separados

Ayuda práctica, jurídica y psicológica padres, madres, separados, divorciados e hijos

¿Violencia de género o violencia de Estado?

Hacía largo tiempo que no veía a Germán. Me lo encontré, acompañando del brazo a su esposa, mientras transitaba por mi pueblo a la hora del aperitivo; y la alegría de celebrar el tropiezo nos condujo hasta la tasca más cercana, pues mal reencuentro resulta en nuestras Españas aquél que no se remoja adecuadamente con unas espumosas cañas.

Nos conocemos desde la infancia y, en nuestra juventud, resultaban notorias las tertulias estivales nocturnas que manteníamos junto con otros amigos en los bancos de la plaza; con disquisiciones de cómo arreglar un mundo, ese que no parece tener solución. Un mundo, en el que los problemas humanos de antaño, que entonces conmovían nuestra sensibilidad, dan la sensación de verse incluso empequeñecidos por lo nuevos del presente, sin saber a ciencia cierta si humanamente progresamos a insignificante paso de tortuga o, aún peor, realmente nos desplazamos hacia atrás como el cangrejo.

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Germán, después de terminar su carrera de ingeniero agrícola, partió a otras tierras por servidumbres de su profesión, donde se estableció y formó familia. Desde entonces, nos visita esporádicamente con motivo de sus vacaciones. Es un hombre que pareciendo algo rudo en sus ademanes, así como esgrimiendo argumentaciones fundamentadas en una lógica pragmática, alberga un corazón sensible y pleno de nobles sentimientos capaz de conmoverse por el sufrimiento de una mosca. Su esposa, Marina, es una mujer de ademanes naturales y sencillos, engalanados permanentemente por una eterna y dulce sonrisa. Ninguno de ambos parece pedirle a la vida más de lo que ésta les puede dar y es por lo que caminan juntos por ella con una placidez que causa admiración.

En tales tesituras, aterrizamos en la bodega de “El culebra”; quién regenta un establecimiento que heredó de su homónimo padre, muy popular entre la gente sencilla del lugar. Allí, pegado a la barra, cuál lapa a la roca, se encontraba visiblemente abatido Pepe, otro amigo de nuestras correrías juveniles de antaño; abogado de profesión, con el que mantengo últimamente mayor contacto, puesto que lleva ya alrededor de cinco meses viviendo nuevamente en el pueblo en casa de sus padres. Anteriormente residía en la capital, a cuarenta kilómetros de distancia, donde tenía abierto un despacho en su propio domicilio que le proporcionaba unos desahogados ingresos.

De él salió esposado, por una denuncia de malos tratos.

La alegría desenfadada, que tradicionalmente le acompañaban, se ve ahora trastocada por una triste amargura que trasluce por sus ojos; una impotencia sorda le carcome el alma; y los amigos no sabemos qué hacer ya para mitigar su dolor e intentar distraerle de tan obsesiva fijación.

-ya ves -se lamenta hasta la saciedad en nuestros frecuentes encuentros- estudié Derecho creyendo en la justicia y ahora me veo aniquilado por la injusticia de la Justicia.

Y, ciertamente, con anterioridad a su serio percance personal, era costumbre en él defender con pasión y arrebato la lógica de lo justo; disculpando los errores leguleyos como mal menor necesario e inevitable, “por ser propio -decía- de la condición humana de sus protagonistas”.

Después de los inexcusables saludos entre ambos, preguntándose por vida y milagros, Germán y Marina no pudieron menos que mostrar su sincera condolencia por las recientes desgracias de nuestro común amigo. Y realmente, no era para menos; Pepe se encontró un viernes tarde con la sorpresa de ser esposado inesperadamente por la policía en su domicilio y en presencia de sus hijos, por una falsa denuncia de malos tratos formulada contra él por su mujer. Germán y yo, conociéndole como largamente le conocemos, albergamos plena convicción en la veracidad de su inocencia.