Asociación Gallega de Padres y Madres Separados

Ayuda práctica, jurídica y psicológica padres, madres, separados, divorciados e hijos

¿Por qué las feministas no quieren hablar de dinero?

Lidia Falcón 31-03-2007

http://www.rebelion.org/noticia.php?id=49081

La aprobación de la Ley de Igualdad ha puesto de manifiesto, una vez más, que España es el país donde más leyes se aprueban que no tienen posibilidades de ser implantadas.

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Después del evidente fracaso de la Ley de Violencia de Género, tan aplaudida por el gobierno, los partidos y las organizaciones de mujeres afines a ellos, ahora nos enfrentaremos a esa burbuja de jabón que es esta pomposa ley de igualdad.

Ley que no tiene presupuesto para ser puesta en práctica ni en la vida cotidiana ni en la vida laboral, esas dos vidas que las mujeres tienen que conciliar valiéndose únicamente de sus pocas fuerzas para enfrentarse a una explotadora realidad que se reconoce por los poderes descritos pero que nadie cambia. Y que ahora se pretende mejorar echando la responsabilidad sobre las empresas privadas y sobre las familias. Veamos:

Respecto a la obligación de las grandes empresas de introducir mujeres en sus consejos de administración, medida similar a la de las cuotas de los partidos, podría mostrarme de acuerdo, como lo hice con las de aquellos, si después de dos décadas de experiencia no conociéramos ya la perversión que han introducido las cúpulas de los partidos en el cumplimiento de esas cuotas, y que será reproducida claramente en las grandes empresas.

Los dirigentes escogen a las más sumisas -a veces familiares, esposas y amantes- y más incapaces, para cumplir la ley, eliminando de su lado a las protestonas e inteligentes que siempre pueden hacerles sombra, con lo cual sus decisiones son ratificadas fielmente por aquellas, y consiguen además el efecto perverso de mostrar al mundo la torpeza de medidas semejantes que obligan a situar a mujeres incapaces en puestos superiores a los de hombres preparados.

El resultado perfectamente previsible de esta norma será, por un lado, lo ya descrito. Las grandes empresas no tendrán empacho en meter en el Consejo a las hijas y las esposas -las amantes estaría peor visto- de los directivos. Ya tenemos ahí a Patricia Botín haciendo de gran chambelán de su padre. Nada por supuesto cambiará en las decisiones de la empresa ni en la vida de esas nuevas "asistentes" a las reuniones del Consejo Directivo.

Las medianas seguirán más o menos el mismo formato, con quizá, la admisión de alguna ejecutiva que por sus méritos consideren adecuada, a la que exigirán, con la crueldad que les caracteriza, que asista a todas las reuniones y entrevistas de trabajo a las horas más incómodas, además de su trabajo habitual, con el resultado de que muchas de ellas dimitirán de semejante esclavitud, prefiriendo llegar a las seis de la tarde a su casa para bañar al niño. En definitiva, sólo se quedarán las viudas o solteras sin niños pequeños. Para ejemplo basta el del propio gobierno, en el que entre ocho ministras reúnen seis niños y entre ocho ministros veintitrés.

En cuanto a las pequeñas empresas, pues seguirán igual: rechazando a las madres y a las posibles madres en el momento de la contratación o haciéndoles mobbing para que se marchen, sin que nadie lo impida. Porque la Inspección de Trabajo brilla por su ausencia en el control del acoso laboral del que, según los sindicatos, más del 50% de las mujeres son víctimas en su empleo.

Respecto al permiso parental y a la presión para que los hombres se corresponsabilicen del cuidado infantil y del trabajo doméstico, resultan totalmente inoperantes las medidas impuestas. En un país donde la estructura económica está basada en el trabajo gratuito de las mujeres -no solamente esos 5.500 de amas de casa, el colectivo más numeroso de la Unión Europea, todavía herencia de la dictadura, sobre todo las mayores de cincuenta años, sino también todas las demás que deben atender las labores domésticas, el cuidado de los hijos, de los mayores, de los enfermos de la familia y pretenden desempeñar un trabajo asalariado, tantas veces en una empresa alejada del hogar- resulta cómico, sino fuera trágico, que se dicten leyes donde se "impulsa" la "corresponsabilidad" de los hombres en el cuidado de la familia.