Asociación Gallega de Padres y Madres Separados

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DIÁLOGO ENTRE LOS PADRES DIVORCIADOS: UNA NECESIDAD PARA LOS HIJOS.

Julio Bronchal Cambra. Psicólogo.

(Artículo publicado originalmente en la revista EDUCAR BIEN Nº. 4. www.educarbien.es )

Papá, mamá...¡Hablad!

Estas Navidades, los abuelos paternos de María van a venir del extranjero para poder estar unos días con su nieta de ocho años.

La pequeña está entusiasmada desde que conoció la noticia.

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Sin embargo, si sus padres aplican inflexiblemente la sentencia de divorcio, sólo podrá estar junto a sus abuelitos un día y medio, pues están obligados a regresar en una fecha determinada. Alterar los turnos establecidos no supondría para sus padres más esfuerzo que vencer sus antiguos rencores y su ya crónica incapacidad para el diálogo. Sin embargo, para María, el que su padre y su madre sean capaces de encontrar una solución sensata, significará mucho...

Juan, con tan sólo nueve años, y siendo el más pequeño, es el capitán de su equipo de baloncesto. Este fin de semana tiene un partido muy importante para él y para su equipo. Sin embargo, no podrá asistir porque a su madre se le ha estropeado el coche y reside en una zona alejada. A Juan ni se le pasa por la cabeza proponer que sea su padre el que los lleve, porque cada vez que hablan entre sí, sus padres acaban discutiendo violentamente. Ya le informarán sus compañeros cómo quedó el partido...

Papá, mamá... ¡Hablad! Esta podría ser, con toda seguridad, la primera exigencia que María y Juan, los niños de los ejemplos anteriores, querrían y deberían plantear a sus progenitores.

El divorcio de los padres no debe significar el fin del diálogo entre ellos. El divorcio, la separación, este nuevo contexto de relaciones familiares, exige, quizá de manera especial, que los padres hablen, se coordinen y lleguen a acuerdos para favorecer el bienestar de sus hijos.

Los perjuicios de no actuar así son numerosos y sus primeras víctimas son los niños. Por el contrario, cuando los padres son capaces de superar el mutuo recelo y la desconfianza, anteponiendo la felicidad de sus hijos a las actitudes egoístas que suelen acompañar los procesos de divorcio, los menores resultan enormemente favorecidos: su desarrollo psicológico, emocional y la construcción de su personalidad, no se ven perturbados por tensiones inconvenientes; crecen bajo la percepción de modelos de diálogo y consenso que les enseñan a aceptar las situaciones de crisis y a afrontarlas constructivamente; perciben a sus padres como realmente entregados a su felicidad, adquiriendo una mejor imagen de ellos y una mayor autoestima; se facilita su adaptación escolar y social, y, como resumen de todo lo anterior, el clima de acuerdo y consenso parental, favorece la sensación subjetiva de felicidad en los hijos.