Asociación Gallega de Padres y Madres Separados

Ayuda práctica, jurídica y psicológica padres, madres, separados, divorciados e hijos

DE LO PERSONAL A LO POLÍTICO

por ERIN PIZZEY

Uno de los debates más interesantes del nuevo siglo podría consistir en dilucidar la cuestión de cómo y por qué se fundó el movimiento feminista en el mundo occidental. ¿Surgió, como explican numerosas periodistas, en respuesta a las necesidades de las mujeres oprimidas del mundo? ¿O fue una creación de las mujeres de izquierdas, cansadas de verse relegadas a funciones serviles en las cocinas de sus revolucionarios amantes?

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Estando en Santa Fe vino a verme un hombre que había perdido a sus hijos y cuanto poseía porque su hija lo había acusado de abusar sexualmente de ella.

Al oír su relato comprendí que era un mujeriego, y no una persona capaz de abusar de una menor. Cuando conocí a la madre, mujer exhibicionista y narcisista de carácter violento y manipulador, supe que había ordenado a la niña que acusase a su padre. Del comportamiento de la niña deduje que, efectivamente, había sido objeto de abusos sexuales.

Finalmente, al cabo de tres meses de trabajo con ella, me confesó que quien había acusado de ella era un hombre que vivía al otro lado de la calle. Ese hombre era funcionario.

Cuando presenté las pruebas que tenía en la oficina del Fiscal del Distrito, éste se negó a investigar el caso. Un policía que trataba también de que se investigaran determinados casos me dijo que el Fiscal del Distrito estaba divorciado bajo sospecha de abusos sexuales a niños, así que yo no tenía ninguna oportunidad. Llamé a todas las puertas de los domicilios privados que pude encontrar en los alrededores de su vivienda y advertí a los vecinos.

Muchos de ellos conocían el problema, pero su temor les impedía actuar. Cuando me enfrente a él, me dijo que su posición lo ponía a salvo de cualquier acción judicial y que se trasladaría con su familia a Alaska, donde era menos probable que lo condenasen. Al igual que tantos otros hombres violentos y peligrosos, se había casado con una mujer filipina que no se atrevía a opinar.

Otra niña me dijo que su padre, la nueva esposa de éste y un vecino la violaban todos los sábados por la tarde, durante las horas del régimen de visitas. Le pregunté qué era lo más doloroso de esos abusos y me dijo que "las uñas de la mujer eran muy largas y me hacían daño en mi...", y señalaba su vientre. Esos son los terribles detalles que confirman espantosas verdades.

Parte del problema consiste en que los hombres no desean admitir que las mujeres, y en particular las mujeres a las que han amado, pueden ser tan malvadas como ellos. Cuando en 1999 realicé una gira de seis semanas por el Canadá para dar conferencias, quedé asombrada ante el miedo que detecté en los hombres a lo largo y ancho de ese enorme país.

A causa de los casos de acoso sexual en el trabajo apenas se celebran ya fiestas en las oficinas. Coincidí con un profesor muy inteligente al que habían acusado de abuso sexual de dos de sus alumnas. Me explicó que vivir en el Canadá era como vivir en un estado totalitario. Y tenía razón. Hablé a grupos de hombres y mujeres de todo el país. Los hombres sentían ya la pesada mano del Estado, que les arrebataba todo derecho sobre sus casas y sus hijos. Me contaron casos de hombres que, al volver del trabajo, se habían encontrado con que la mujer había "levantado" la casa, es decir, había sacado de la vivienda cuanto había podido y había desaparecido con los niños rumbo a un albergue.

Los angustiados padres eran incapaces de encontrar a sus esposas e hijos, ya que los albergues se negaban a dar información. En algunos casos de padres muy violentos esa precaución es necesaria, pero nunca pensé que debiera convertirse en una rutina, ya que muchas mujeres delincuentes podrían utilizar ese recurso contra hombres totalmente inocentes. Como es sabido, la manera más expeditiva de entablar el divorcio es, para una mujer, declarar que su marido es violento, y si ese subterfugio no basta, las mujeres pueden recurrir a lo que se denomina "la bala de plata", es decir, acusar a su pareja de abusar sexualmente de los niños.

En ese caso, el hombre es inmediatamente apartado de su casa y de su familia. No hace mucho mantuve una charla con un grupo de hombres del suroeste de Inglaterra. Entre los asistentes a la reunión había dos policías. Cuando les pregunté por la realidad de los falsos abusos sexuales, admitieron que, en efecto, estaban obligados a separar a un padre de su familia aun cuando no hubiese pruebas.

En una ocasión, una mujer había acusado al padre de una niña de haber abusado de ella en el baño. Llamó a la policía, y ésta se llevó inmediatamente al padre, que luego fue puesto en libertad por falta de pruebas. Deberíamos tener una ley que permitiese a las víctimas inocentes de tales acusaciones demandar judicialmente a sus agresoras. Para que se lleven detenido al hombre no se necesitan pruebas: basta con que la mujer descuelgue el teléfono.