Asociación Gallega de Padres y Madres Separados

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DE LO PERSONAL A LO POLÍTICO

por ERIN PIZZEY

Uno de los debates más interesantes del nuevo siglo podría consistir en dilucidar la cuestión de cómo y por qué se fundó el movimiento feminista en el mundo occidental. ¿Surgió, como explican numerosas periodistas, en respuesta a las necesidades de las mujeres oprimidas del mundo? ¿O fue una creación de las mujeres de izquierdas, cansadas de verse relegadas a funciones serviles en las cocinas de sus revolucionarios amantes?

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Mi estancia en Alemania, donde acudí invitada por el Ministro de Deportes de ese país, no fue distinta.

Abandoné una cena con personal asistencial de distintos albergues porque no pude seguir soportando la visión del futuro que esperaba a esas instituciones. Vi cómo el movimiento feminista erigía sus bastiones de odio contra los hombres, fortalezas en que se enseñaría a las mujeres que todos los hombres era "violadores y degenerados" y se procedería a la destrucción de los niños en los albergues, donde aprenderían a desconfiar de los varones.

En 1978 fui invitada a visitar Nueva Zelandia, y acudí con la esperanza de ser invitada a hablar a grupos del movimiento de albergues de Australia. En aquellos momentos, Nueva Zelandia no había caído aún en manos del movimiento de mujeres totalitarias (ahora ya lo ha hecho), pero se me denegó la posibilidad de visitar Australia, donde el movimiento de lesbianas militantes controlaba la mayoría de los albergues. Al igual que en otros muchos países, el movimiento de lesbianas manejaba la mayoría de los recursos financieros, por lo que simplemente indicaron a los albergues australianos que retirasen sus invitaciones.

Mi presencia resultaba odiosa al movimiento feminista y a demasiadas mujeres politizadas que procedían de zonas marginales del sistema y trataban de abrirse paso hacia los escalones más elevados del poder público.

Para mostrar hasta qué punto ese movimiento podía censurar la información citaré un ejemplo entre muchos. En 1984 presté declaración ante el Grupo de Trabajo de Texas sobre Violencia Familiar, en San Antonio. Hubo gran inquietud entre los diversos grupos relacionados con los albergues que se habían reunido para aportar su testimonio. Una tras otra, las mujeres prestaron declaración. En algunos casos, el testimonio era sombrío y atroz. Eran las auténticas víctimas de la violencia de sus parejas. Sin embargo, muchas de las declarantes tuvieron una teatral actuación que provocó los aplausos entusiastas de la audiencia de excitables compañeras, pero llenó de confusión a los miembros del Grupo de Trabajo del Fiscal General.

"Comprendo su dolor", dijo una de las integrantes del Grupo de Trabajo a una mujer especialmente histriónica. "Pero, ¿dice usted que eso le ocurrió hace diez años? ¿No cree que es ya hora de pasar la página? " Al hablar así expresaba el sentir de la mayoría de los miembros del Grupo, perplejos ante la clara diferencia existente entre las mujeres cuya declaración era auténtica y las otras, las mujeres proclives a la violencia que no eran víctimas inocentes de la violencia de sus parejas, sino que ellas mismas eran violentas.

En mi intervención hice referencia a las diferencias existentes entre las mujeres realmente maltratadas y las que eran violentas ellas mismas y necesitaban tratamiento. El comité me dió las gracias, y el público me ovacionó puesto en pie. Cuando el informe llegó a mi casa de Santa Fe pude ver que mi declaración se había resumido en una frase sin sentido y que se hacía referencia a mí como a la "escritora Erin Shapiro", a pesar de que mi declaración por escrito se presentó a nombre de Erin Pizzey y que mi condición de fundadora del movimiento de albergues era de sobra conocida por todos.