Asociación Gallega de Padres y Madres Separados

Ayuda práctica, jurídica y psicológica padres, madres, separados, divorciados e hijos

DE LO PERSONAL A LO POLÍTICO

por ERIN PIZZEY

Uno de los debates más interesantes del nuevo siglo podría consistir en dilucidar la cuestión de cómo y por qué se fundó el movimiento feminista en el mundo occidental. ¿Surgió, como explican numerosas periodistas, en respuesta a las necesidades de las mujeres oprimidas del mundo? ¿O fue una creación de las mujeres de izquierdas, cansadas de verse relegadas a funciones serviles en las cocinas de sus revolucionarios amantes?

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Mientras la quema de sujetadores se convertía en motivo de bromas en la televisión y la prensa, el movimiento se hundió en la oscuridad, excepto en determinados periódicos y en los círculos universitarios.

En ellos, la misoandria feminista halló sus principales exponentes en el colectivo de profesoras interinas, que consiguió crear toda una nueva corriente ideológica -los denominados "estudios sobre la mujer"- y lavar el cerebro de las jóvenes generaciones de mujeres que entraban en la Universidad.

Encontré las facultades llenas de "profesoras" que no eran tales, sino activistas políticas. Me sentí intensamente odiada cuando, en mis conferencias universitarias, afirmé que 62 de las primeras 100 mujeres que acudieron a mi albergue eran tan violentas como los hombres de los que huían. Hablé en reuniones e hice referencia a los "hombres maltratados". Puesto que la "violencia doméstica" se consideraba un tema "de mujeres", eran mujeres las periodistas que lo cubrían.

Cuando traté de interesar a los periódicos en mis ideas me encontré con el mismo problema: las jefas de redacción eran mujeres que se negaban a publicar mis escritos. Las cosas no iban mejor en el campo editorial: las directoras, especialmente si se trataba de lesbianas radicales, censuraban sistemáticamente los libros. Existía y existe aún una estricta censura que se aplica a quien trate de romper el código de silencio. Nadie desea reconocer la amplitud del daño que el movimiento feminista ha hecho a la familia y a los hombres en los últimos treinta años.

Cuando, en 1999, Melanie Phillips escribió The Sex Change Society ["La sociedad del cambio sexual"] [2], le advertí que nuestras protagonistas se negarían a salir a la superficie y responder a su bien documentada descripción de la "Gran Bretaña feminizada y del varón neutralizado", según su acertada expresión.

Durante los últimos treinta años he visto una gran corrupción en los tribunales ingleses. He visto a padres privados de sus derechos y perseguidos.

He visto a nuestro propio gobierno expresar su conformidad con un anuncio de la televisión escocesa en que se aconsejaba a los niños que llamasen a determinado número de teléfono si su padre gritaba a su madre. Uno de los recuerdos más antiguos que guardo es el de una pequeña niña de mi edad, que vivía también en China en la época del relevo comunista y que denunció a su padre; éste fue separado de su familia y torturado durante siete años.

He visto a los "grupos de sensibilización" -que me han recordado las enseñanzas de Mao- proliferar como la mala hierba en todo el mundo occidental con el objetivo de convencer a las mujeres de que sus maridos son el enemigo y debe ser erradicado de la familia. He visto cómo en las secciones dedicadas a la mujer en algunos periódicos se ha glorificado a la madre sin pareja. En cierta ocasión, cuatro mujeres periodistas escribieron acerca de su búsqueda del hombre idóneo para darles hijos y las cuatro prometieron a sus lectores que los niños nunca llegarían a conocer a esos padres.

Sentí que esas ricas y privilegiadas periodistas estaban actuando de modo irresponsable. Para entonces yo me había divorciado de mi marido y era una madre sin pareja que sufría la ansiedad y la soledad de criar a los hijos por mí misma.