Asociación Gallega de Padres y Madres Separados

Ayuda práctica, jurídica y psicológica padres, madres, separados, divorciados e hijos

El primer beso (sólo amago). Y la primera bofetada

Te contaré una anécdota, Pilar, por aquello de alegrarte el día febroso.

Andaría yo por los 15, más o menos, que sin ser precoz, no iba yo muy retrasao en los asuntos de amoríos y recalentamientos testiculares, cuando una tarde oscura y fría de invierno (lo de fría era verdad: todo, menos yo, estaba helado).

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A las 6 de la tarde estábamos a 1 o 2 bajo cero en Barcelona, iba cogidito de la mano de la nena a la que yo le gustaba y que también me gustaba a mi.

Si te das cuenta del detalle, he empezado diciendo que yo iba cogido de la mano de la nena a la que yo le gustaba, porque más o menos independientemente de que a mí me gustara mucho o poco la nena, si yo le gustaba a la nena, tenía más posiblidades de llegar al fondo del asunto.

Si la nena me gustaba ¡pues mejor para mí!

Sigo.

La nena y yo íbamos apretujaditos hasta un oscuro rincón de un oscuro y solitario parque a esas horas y con esos fríos (Montjuich), y buscamos un oscuro y solitario banco en el que sentarnos, y allí nos sentamos.

Ella accedía con cara de tímida y de inocente criatura, con una sonrisita que presagiaba todo bueno. No sé a quién le latía más fuerte el corazón, porque aquello que yo notaba en mi mano, más que la suya, parecía un volcán en erupción a punto de estallar.

Le rodeé el cuello con mi brazo. Ella se dejaba. Me acercaba sigilosamente. Ella se dejaba. Mi cuerpo se apretujó contra el suyo.

Ella se dejaba (sería porque la cantidad de ropa que llevábamos lo consideraría ella suficiente garantía de protección). Le puse mi mejilla junto a la suya. Ella se dejaba.

Yo ya estaba a punto de estallar. Aquello iba a ser mi primer beso de amor. Seguro que visto a contraluz y de lejos, yo era todo una espesa niebla de vapor a presión. Ella se dejaba todo. Se dejaba todo lo que se podía dejar todo, que bien visto, era casi nada.

Así que, armado de valor y de otras cosas, le intenté dar el beso más tierno que uno pueda dar a los 15 años.

¡La leche! Lo que ocurrió a continuación me dejó traumatizado una buena temporada, y resabiao para el resto de mi vida.

La jodía apartó la cara con un mohín de disgusto. Cuando puso la cara a salvo, y a distancia de mis peligrosos y mortíferos labios, me disparó una de las bofetadas más sonadas que se hayan dado nunca jamás en aquél parque.

¡Todavía resuenan los ecos de su espantosa sonoridad! Y toda aquella furia de represión y mojigatería se estrelló directamente, y sin protección, en mi mejilla y en mi moral, que había quedado expuesta así, sin ninguna defensa, a tan temible acción de comando.

Ni que decir tiene que se me pasaron las ganas de nada más, ipso facto. No pude ni hablar, y no precisamente por la fuerza del impacto en mi cara. El sentimiento de culpa por haber querido besarla, todavía me corroe en algún rincón neurótico de mi alma, ¡y la muy puñetera no dijo ni mú! Yo tampoco.

Se me escapó, creo recordar, una sonrisa estúpida de disculpa por tal atrevimiento; me escocían la mejilla y el orgullo, y más abatido que nunca, no consigo recordar qué más pasó. No tengo ni el más vago recuerdo de lo que hicimos a continuación, pero podría jurar que cada cual a su casa.

De haber tenido las orejas y el rabo de mi perra, no habría gachas más gachas en todo el mundo que las mías en aquél momento.

Esa fue la experiencia de mi primer beso, o lo que quedó en intento.

Un primer beso que nunca llegó a serlo.

Así que, en lo sucesivo, me dije, nene, vete con cuidado que por más que parezca que sí, es que no, y cuando tú más enamorado estés, será que te lo pondrán más difícil, aunque ella te corresponda. Así que para dar un beso con algunas garantías de que no habrán represalias tipo Bush en Irak, mejor asegurarse de que "ella" esté tierna y débil.

Al menos puede haber alguna esperanza de no salir trasquilado.

De modo que cuando una ("ella") está febril y moñas, es el momento de acercarse para hacerle carantoñas con aviesas intenciones, sin que te arremanguen una hostia que te deje la cara a cuadros.

Hay que buscar la excusa para arrimarte, tocar, salir contento y sin que te hayan atizado. ¡Hay que ser hombre para entenderlo! (Je, je: menudo machihembrado me ha salido ahí, je, je)

Seguiré en otro momento, que ahora tengo que marchar.

-Petrusazul-