Asociación Gallega de Padres y Madres Separados

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LAS SUPERMADRES

Al contrario de lo que comúnmente piensa la gente, las supermadres -o el síndrome de la gallina clueca-, esa enfermedad tan popular y tan extendida a lo largo del ancho mundo, desde Albatera al lago Titicaca pasando por Benidoleig, no da ni fiebres ni diarreas, ni vómitos ni calambres, ni sudores fríos ni pus.

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No señor/a, en absoluto da esos síntomas tan típicos.

Los que da son más originales y, por supuesto, más graves; nefastos, diría yo. Pero vayamos por partes, ya que cuando hablamos de cualquier anomalía son varios los apartados que conviene describir y no se puede hacer así como quien dice al tuntún.

De entrada, antes de la sintomatología hay que precisar el sujeto paciente que la suele sufrir.

En este campo, todos los especialistas, sin discusión alguna ya que les avala miles de experimentaciones, sufridas en sus propias carnes de una forma harto insidiosa, se inclinan por describir el sujeto paciente como “mujer entre 15 y 95 años –suegras y abuelas también participan del síndrome, aunque en menor medida-, de todas las razas, credos y condiciones, y a un nivel tan generalizado que comprende gran parte de la especie femenina salvo las excepciones que confirman la regla”.

Veamos ahora la sintomatología. Se caracteriza por un cuidado excesivo, enfermizo, de sus crías, acompañado de un menosprecio, o incluso desprecio sin pudor alguno, de la condición paterna.

Como no hay nada mejor que una buena casuística para analizar el evento, hagámosla pues. Veamos una situación cualesquiera, verbigratia, la estancia de la cría en un hospital.

En esa situación, y si la cosa es más o menos grave, la supermadre se preocupará por su supernene de tal manera que incluso llegará a abandonar el trabajo y al marido, y a ponerse enferma ella misma a base de no comer, de no dormir y de no cuidarse.

Por supuesto, como buena gallina llueca, le dará de comer a su polluelo en la boca, aunque sea mayorcito, y le acompañará a hacer pis y caquita hasta el extremo de casi hacer ella caca por la cría con sus propias contracciones.

Ni qué decir tiene que el papel paterno será vituperado en todo momento. Digamos que se convertirá en un minipadre. Ya podrá hacer él lo que quiera, pasar las horas que haga falta al lado de la prole que en teoría es común, ir mil y una veces al hospital. Dará igual: será un mal padre que desatiende a la cría, la cual suerte que tiene a su supermamá, porque sino se moriría abandonada por el minipadre.

En el caso de amistades, otro tanto. Las crías por encima de todo. Las supermadres las pasearán por donde ellas quieran, a costa de amigos y familiares. ¿Qué han quedado a la diez? Bueno, eso será si no hay que llevar a la cría a una cita con su coleguillas, porque si es así ya puede usted esperar sentado en la mesa que hasta que no se haya satisfecho el caprichito del supernene no hay tu tía.

Por supuesto, los polluelos encantados. Los niños, dada su condición de debilidad permanente, ven el mundo hostil en general y sienten un lógico miedo, Nada para paliar ese miedo como que sus supermadres los arrullen bajo sus faldas y los superprotejan continuamente de los males que los acechan, llámense generalmente hombres malos, varones pérfidos, machos terribles…

No digan que no, porque todos hemos sido críos y adorábamos la protección de nuestra supermamá. Pero, ¿les están haciendo un favor a sus tiernos polluelos? Eso opinan ellas, claro, aunque desde mi punto de vista de varón pérfido opino humildemente y sin que ello suponga la vana pretensión de hacer escuela, líbreme Santa Hermenegilda, que tan obsesiva protección puede provocar traumas infantiles.

Dicho esto, ya no me extiendo más por no querer concitar odios femeninos varios, que bastante tengo ya con lo dicho y lo que queda para que se me procure una crucifixión lenta y agónica. No se extrañe nadie que actualmente, en un mundo tan afeminado y decadente como el que vivimos, dominado por un puritanismo feminista a ultranza que hace estragos en campos tan diversos y poderosos como la judicatura, la política o el periodismo, ese síndrome tan femenino se traslade a todas las circunstancias de la vida y las impregne.

Porque aunque no se manifiesten sus síntomas a simple vista, no por ello dejan de estar latentes en el subconsciente de casi todas las mujeres, de manera que basta un minúsculo soplo vital para que actúen destructivamente.

Es por ello, entre otras cosas, que en las separaciones y divorcios el papel del minipadre se anule de tal manera que consista meramente en proporcionar el total sustento económico de las crías y en llevarlas a pasear o al cine muy de tarde en tarde, digamos que en un día o dos de cada quincena.

Más, ¿para qué? Caramba, el padre es ese ser insignificante respecto sus hijos que apenas se preocupa por ellos. Para cuidarlos, protegerlos, educarlos y etcétera, etcétera, ya tienen a las supermamás. Es más, ellas han demostrado de un millón de maneras distintas que la influencia de los minipadres es altamente contraproducente.

Sabido es que inculcan malos hábitos y vicios varios a sus hijos, así que conviene apartarlos de ellos. A ver, si no: ¿cuántos hijos se han estropeado por la nefasta influencia de sus minipadres? ¡Un montón! Los hombres somos todos puteros por naturaleza, borrachos, no pagamos pero sí pegamos, sólo pensamos en el fútbol, en fornicar (¡uy, qué vulgaridad!) y en ganar dinero.

Así pues, desde el punto de vista del síndrome de las gallinas cluecas, los polluelos, francamente y lo reconozco a mi pesar, cuánto más lejos de nosotros mejor que mejor, y lo ideal es que ni nos vean.

En el tema de la procreación y del aborto, ídem de lo mismo. Mucho cuchi cuchi, cuánto te quiero y rositas por aquí y petunias por allá, pero cuando un hombre lleva un ramo de susodichas a su mujer en el hospital porque acaba de parir retoño con cara de viejecito resabiado, que sepa que, en la práctica, su presencia importa un pimiento a la parturienta. Ella tiene bien sujeto a su superbebito, que ha salido por su supercoñito, y el maridito es, más bien, un capullo que no vale ni un carajito.

¿Y en el tema del aborto? Uf, ahí no vale la pena ni hablar. Óvulos sólo hay uno, mientras que espermatozoides hay un montón, así que vale lo que vale y el resto que vaya con reclamaciones al maestro armero, que como si lo operan.

Claro, luego se quejan ellas de que hay pocas mujeres jefas, de que en algunos lugares son discriminadas laboralmente e incluso socialmente, y caramba, uno se extraña de que ellas se extrañen. Porque, con tanto síndrome que sobrevalora desmesuradamente la función de la madre y minimiza injustamente la del padre, ¿les da tiempo para pensar en otras cosas que no sean sus churumbeles?

Y no sólo eso. Tampoco entienden que siga creciendo la violencia, cuando hasta el tonto del pueblo sabe que las injusticias generan violencia. Pero lamentablemente, lo único que se les ocurre para atajarla no es la igualdad entre padres y madres, sino aquello que genera aún más violencia: la represión.

RAMON PASTOR QUIRANT